Mr. Útil -Capítulo XVa- Badía descansa



Con el agua al cuello. Valencia 2012


Badía descansa

Llevamos días apalancados esperando la llamada que nos pondrá en marcha en casa de una novia del Pachuco. No es que viera necesario el acuartelamiento este, pero me pillaron sin ganas de discutir. La novia de aquí el indio es una holandesa pelirroja, de esas que parecen enfermas de blancas que son. Enferma, enferma, no está, pero colocada, todo el día. Carga una lata metálica llena de hierba y va fumando petardos como quien come pipas. Si se la deja por ahí encima, la lata, se la escondo, tendrías que ver la cara que pone mientras la busca. No le hace ninguna gracia la broma, pero no dice ni pío. Si no la encuentra, cuando me aburro se la devuelvo haciéndome unas risillas de paso a su costa. Entonces ella, como no tiene más remedio, intenta seguir el rollo del ji ji ji. Se le da fatal, se la ve tan acojonada la pobre. Después se pasa la tira de rato por los rincones, mirando al suelo.

La que corre por todas partes es la cachorrilla. Tiene cuatro o cinco años, es tan blanca como la madre y pesada de cojones; joder, no me gustan los críos, pero esta es que es insoportable. Solo habla puto holandés, pero se hace entender, joder, si se hace entender: léeme un cuento, dame zumo, límpiame el culo. No para de pedir en todo el día. Cuando no, llora. Cuando llora, la madre ni la mira, se hace otro petardo y espera a que se canse. Le funciona, el bichico al final se calla. Esto, que se calle, también me molesta, el llanto de un niño es algo que siempre me ha hecho mucha compañía.

Suena el timbre de la puerta y la pequeña corre entre grititos hacia ella, la madre la regaña por anticipado, pero no sirve de nada y la mocosa intenta abrir la puerta. Pachuco le debe arrear porque oigo un chillido infantil, la madre comienza a liarla en guiri y también cobra, toda la peña se pone a gritar y luego todos se callan de golpe, y esto sí que es interesante.

Conejero entra en la habitación, si alguna vez hubo un hombre jodido es él. He visto muertos con más color; joder, la guiri parece morena a su lado. No ha abierto la boca y ya sé que esto se está poniendo divertido.

Me encuentro mal –dice antes de sentarse muy lentamente en un sillón, tiene una mano en el costado derecho–. Tengo que ir al hospital.

¿Entonces qué haces aquí? –le pregunto.

No sé, al principio no dolía tanto; tenía que avisarte, darte el recado.

La niña está callada, tiene mocos colgando de la nariz, la madre se los limpia con un gesto automático. Conejero gruñe, tuerce el gesto, la guiri se le acerca, a las claras se ve que su gesto es ayudarle, no puede evitarlo, seguro que siempre está recogiendo animalitos perdidos. Pensaba que Pachuco la protegía de peligros reales o inventados, pero ahora ya no sé quién protege a quién. Con delicadeza abre la camisa de Conejero y deja a la vista un morado enorme y oscuro que le serpentea por todo el costado; mola mucho, parece un conejo cuando pone la directa e intenta perderse entre las matas y las rocas, un conejo con sus dos orejas y todo. Lo que lo provoca no debe ser algo que se arregle con yodo y tiritas.

Tengo que ir al hospital –repite.

Iremos enseguida, tronco, pero antes… ¿de qué querías avisar? ¿Cuál es el recado?

Tu amigo está metido en el lío.

¿Qué amigo?

Tu amigo, el Seco.

El corazón me salta en el pecho. Continúo enamorado.